Astor Piazzolla un separador de aguas en la música nacional. Un hito, el antes y el después. "Nos obligaría a todos a estudiar música", diría de él un grande del tango, el maestro Osvaldo Pugliese. Quizá esta característica guarde estrecha relación con la nada común historia de vida de Piazzolla, con las principales virtudes de su personalidad: la fuerza y el talento. Nació en la bonaerense y turística ciudad de Mar del Plata pero a los cuatro años de edad fue trasplantado a la calle 8 del inquietante barrio de Manhattan, en los Estados Unidos, barriada donde, según el mismo músico, accionaba la mafia sin mayores contratiempos. Allí el papá del músico -don Vicente "Nonino" Piazzolla-, cortaba el pelo en la barbería de un siciliano protegido y la madre elaboraba tapados de piel sintética y productos cosméticos dándose espacio, además, para oficiar de peinadora. Los Piazzolla vivían a pocos pasos de una sinagoga. De ese templo el talento de Astor -quien concurrió a un colegio protestante, siendo católico- extraería sus propias conclusiones: "Mis acentuaciones rítmicas, tres más tres más dos, son similares a las de la música popular judía que yo escuchaba en los casamientos", relacionaría el músico en un reportaje que le formularon, tiempo después, en el cual recordó aquella sinagoga de su infancia y el bandoneón que su padre le había regalado, guardado celosamente en el despoblado ropero infantil. También evocaría su condición de chico camorrero ("me decían Lefty, o sea Zurdo"), su pierna defectuosa que lo obligaba a utilizar un zapato especial, con plataforma, y algunos amigos que, con el tiempo, se hicieron famosos, como Jacke La Mota, el que fuera campeón mundial de los medianos; Joe Pomponio, el manager de grandes boxeadores y Joseph Campanella, un eximio beisbolista, deporte que Astor practicó como la natación, a pesar de las dificultades con su pierna. Cuando el músico comenzaba a moverse con comodidad en ese escenario siciliano atiborrado de vendettas, hubo un retorno a Mar del Plata y, de nuevo, una readaptación que no iba a durar mucho porque, empujados por la crisis de los 30, los Piazzolla regresarían a los Estados Unidos. Esta vez fueron a dar a un barrio conocido como la "Pequeña Italia", donde el músico terminó sus estudios en el Colegio María Aussiliatrice sabiendo de la existencia de Brahms, Mozart y Julio De Caro, el ídolo de don Vicente quien, cuando Astor era muy joven le presentó -en un intervalo de ese deambular escapándole a la miseria- al mismísimo "Zorzal", a Carlitos Gardel. El retorno de Astor a la Argentina, a Mar del Plata, sobrevino al cumplir los 16 de edad, cuando ya había recibido clases de bandoneón de Homero Pauloni (aunque sus grandes maestros, tiempo después, iban a ser Alberto Ginastera y la francesa Nadia Boulanger, la mujer que le marcaría el camino musical definitivo). Lo cierto es que al cumplir 18, el músico ocupó una plaza de bandoneonista en la orquesta de Aníbal "Pichuco" Troilo. Cuando "Nonino" supo que su hijo revistaba en la orquesta del "Gordo" pidió prestada una moto y, en el día, fue y volvió de Mar del Plata. No podía perderse semejante alegría y, de paso, le solicitó a "Pichuco" que cuidara de su hijo. "Con Troilo ganaba 800 pesos por mes, que me permitían vivir con normalidad. Alquilar un departamento, casarme y estudiar música", confesaría entonces un Astor embelesado con la nueva situación. Es en esa época cuando su vida discurre entre su departamento de Parque Chacabuco y el barrio de Barracas, donde vivía Alberto Ginastera, con quien se afanaba en aprender orquestación. También en ese entonces un amigo le presentó a quien sería su primera mujer, Dedé Wolff, con quien tuvo dos hijos y 24 años de excelente unión (con Amelita Baltar, la segunda, convivió seis años en Europa y, después, llegó a su vida Laura Escalada, definida por Piazzolla como el gran amor, la compañera ideal, quien permaneció con él hasta el instante de la muerte a causa de un infarto cerebral). A Laura, una locutora estudiosa de la música, la había conocido un día de su cumpleaños -el 11 de marzo de 1976- y se casaron apenas la ley de divorcio lo permitió, un 11 de abril de 1988. Otra mujer importantísima en la vida del músico fue Nadia Boulanger, su profesora, con quien Piazzolla mantuvo una relación que anidó en el plano exclusivo del aprendizaje. Nadia era una condiscípula de Maurice Ravel, maestra de Igor Markevith, Aarón Copland y Robert Casadesus, entre otros. Piazzolla llegó a ella en 1954, gracias a que había ganado el premio Fabien Sevitzky con su estremecedora "Sinfonía de Buenos Aires". El premio consistía en participar de las clases colectivas que dictaba Nadia, en el Conservatorio Fontainebleau, en París. Eso le permitió al músico radicarse en Montmartre con quien entonces era su mujer, Dedé, y pasar un examen que, según propia confesión de Piazzolla, no le resultaría nada fácil. Debió confesarle a esta brillante profesora que sus orígenes, por amor y convicción, eran tangueros. Lo cierto es que cuando ella escuchó las cadencias de ese melancólico bandoneón, le dijo a Piazzolla que nunca equivocara el camino, dibujado en esos acordes tan bellos como inspirados. De ese acierto, claro, hoy da buena cuenta una producción tan rica como variada. La inolvidable "Suite Troileana", compuesta en homenaje a su amigo "Pichuco", las obras iniciales brotadas desde aquella orquesta del "Gordo" matizada con las enseñanzas de Ginastera (a esa etapa corresponden "Tanguango", "Triunfal", "Prepárense", "Para lucirse"), su encuentro con el poeta Horacio Ferrer, la sólida vigencia de "Balada para un loco", un camino por la música que además del tango navegó la expresión clásica, el jazz y hasta el rock. Cuando le preguntaron a Piazzolla cuáles eran los hitos más apreciados de ese camino, que nombrara sus mejores grabaciones, hizo abstracción de algunos conjuntos que había formado, como el Noneto y el Sexteto, y se quedó con "La Camorra", su última musicalización con su muy amado Quinteto. También recordó los discos plasmados con Gary Burton y Gerry Mulligan, y, desde luego, no pudo olvidar a "Concierto para bandoneón", con la orquesta de Lalo Schifrin. Apenas un puñadito de notas para una vida hecha sonido, para un destino de pelea y bandoneón. VER SUS LIBROS |