| Figura central del radicalismo y artífice del reencuentro con el peronismo, las dos grandes corrientes políticas del país, vivió siempre en la misma casa de la ciudad de La Plata. Fue duro adversario del peronismo en su juventud, y finalmente el artífice más noble del intento de reconciliación entre radicales y peronistas. Su esfuerzo cerró una división que había costado golpes, sangre y lágrimas. Fue la otra cara del mismo capítulo que del lado anverso -o del reverso, según se prefiera- tuvo a Perón. Amó y padeció a la República. Solo ocupó un cargo -una banca transitoria de diputado- y desarrolló una larga función al frente de su partido. Padeció en vida, lo que luego se resaltaría tras su muerte. No fue un estadista, ni tuvo la oportunidad de serlo. Fue un político honrado, candidato habitual a las derrotas, cuyo camino atravesó estos padecimientos: 1) Soportar ese alud político de extraña cultura para él que fue el peronismo, a partir de 1945. 2) Verse obligado a enfrentarlo y a padecerlo, incluso con prisión, en tiempos de agresiva intolerancia, entre 1946 y 1955, año de la caída del peronismo. 3) Ser un afectado central en el capítulo posperonista, entre 1956 y 1973, donde sufrió la división de su partido (escisión de Arturo Frondizi, con la UCRI, 1956), la pérdida posterior del gobierno (caída de Arturo Illia, 1966) e invirtió sus propios esfuerzos para que los mismos que lo habían derrocado (Revolución Argentina) abriesen cauce a una salida electoral, de la cual él no iba a ser precisamente su beneficiado. 4) Incomprensión de propios y aliados cuando, entre 1972 y 1976, ató el destino radical al peronista. Era un tanto seco en su trato formal. Perón lo llamaba "doctor". El le decía simplemente Perón. "A ver Lopecito, sírvale un whisky al doctor- le ordenó a su lugarteniente López Rega en una de esas reuniones de la casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Políticos de otros partidos vieron la escena. Eso fue después de aquella tarde calurosa del sábado 18 noviembre de 1972, cuando Perón lo esperaba y dos escaleras a ambos lados de una pared no muy alta que separaba la casa de Gaspar Campos con la lindera que daba a la calle contraria facilitaron ese encuentro decisivo. Balbín llegó en auto, acompañado por Luis León y Enrique Vanoli, autoridades del comité partidario que él presidía, que lo aguardaron afuera de la vivienda por donde ingresó Balbín para pasar a la otra. No fue una reunión común porque nació una relación personal que cambió la historia. Para Balbín, el radicalismo no iba a ser la continuidad cívica del régimen militar que finalizaba con Alejandro Lanusse, ni la opción electoral del antiperonismo. Para Perón, la unidad entre los argentinos era central y no debían repetirse los gruesos errores cometidos por él y sus fieles en el pasado. Si por Perón y Balbín hubiese sido, esa hubiera sido la fórmula que no pudo ser para las elecciones del 23 de septiembre de 1973. En lugar de Balbín, Perón terminó aceptando a Isabel, que fue lo que no hizo en 1951, con Evita. Balbín, comprendió. Y fue una vez más el candidato derrotado de su partido, como había sucedido en tres ocasiones anteriores (1951, contra Perón; 1958, contra Frondizi, y ese mismo 1973, contra Héctor J. Cámpora, quien luego renunció). Cuando en 1930 cayó el gobierno de Hipólito Yrigoyen, Balbín era presidente de la sección primera de su partido en La Plata; diputado provincial electo, había renunciado antes de asumir en 1941, en protesta contra el fraude; firmó la Declaración de Avellaneda, junto con Crisólogo Larralde y Moisés Lebensohn, entre otras figuras del radicalismo y fue presidente del bloque en la Cámara de Diputados hasta su expulsión en 1950. Ahora faltaba la quinta etapa de su vida, iniciada, exactamente, con la muerte de Perón, el 1º de julio de 1974. En la ceremonia de despedida de sus restos, tres días después, Balbín fue el orador que lo hizo en nombre de los partidos políticos. Volvía al mismo recinto de la Cámara de Diputados, donde había hablado, por última vez, en 1950, en su condición de diputado, antes de votarse el desafuero que lo llevaría a la cárcel por haber hablado mal de Perón. Allí estaba ese hombre, más grueso y cano, parecidos lentes, más ronca y profunda la voz, seguido su discurso con extrema atención. En esas palabras dejaría el legado de su lucha: "Vengo a despedir los restos del señor presidente de la República de los argentinos, que también con su presencia puso el sello a esta ambición nacional del encuentro definitivo, en una conciencia nueva, que nos pusiera a todos en la tarea desinteresada de servir la causa común de los argentinos. No sería leal sino dijera también que vengo en nombre de mis viejas luchas que por haber sido claras, sinceras y evidentes, permitieron en estos últimos tiempos la comprensión final, y por haber sido leal en la causa de la vieja lucha, fui recibido con confianza en la escena oficial que presidía el presidente muerto. Ahí nace una relación nueva, inesperada, pero para mí fundamental, porque fue posible ahí comprender, él su lucha, nosotros nuestra lucha y a través del tiempo y las distancias andadas, conjugar los verbos comunes de la comprensión de los argentinos. Pero guardé yo, en lo íntimo de mi ser, un secreto que tengo la obligación de exhibirlo frente al muerto. Ese diálogo amable, que me honró, me permitió saber que él sabía que venía a morir a la Argentina, y antes de hacerlo me dijo: "Quiero dejar por sobre todo el pasado, este nuevo símbolo integral de decir definitivamente para los tiempos que vienen que quedaron atrás las divergencias (...) Tenemos todos hoy aquí en este recinto, que tiene el acento profundo de los grandes compromisos, que decirle al país que sufre, al pueblo que ha llenado las calles de esta ciudad sin distinción de banderías, cada uno saludando al muerto de acuerdo con sus íntimas convicciones -los que lo siguieron, con dolor; los que lo habían combatido, con comprensión-, que todos hemos recogido su último mensaje. Este viejo adversario despide a un amigo. Y ahora, frente a los compromisos que tienen que contraerse para el futuro, porque quería el futuro, porque vino a morir para el futuro, yo le digo señora presidente de la República: los partidos políticos estarán a su lado en nombre de su esposo muerto para servir a la permanencia de las instituciones argentinas, que usted simboliza en esta hora". Balbín siguió el viacrucis de Isabel y en cada ámbito defendió la clave de esa relación proveniente de sus entendimientos con Perón. No pudo evitar el golpe de 1976 porque carecía de fuerzas para impedir lo incontenible pero sabía que a la hora del reencuentro con las urnas, radicales y peronistas podían cotejar como pilares fundamentales de un sistema y no como causales de su caída. Balbín trascendió la dimensión de sus viejas luchas y, con Perón, quedaron sin banderías, juntos, del mismo lado. VER SUS LIBROS |